Seleccionar página

No es un primer ministro a la europea, como proponía hace algunas semanas Damián Antunez.

Tampoco es el superministro que plantean los medios de comunicación. En la práctica, la asunción de Sergio Massa al frente de las carteras económicas no hace más que recuperar la idea de que el poder no se puede lotear entre quienes piensan muy distinto

En un país hiperpresidencialista, la apuesta del Frente de Todos estaba signada por el fracaso. Áreas claves inconexas, destinos heterogéneos, caminos entrecruzados con escasa señalización pudieron ser disimulados durante la pandemia

El objetivo común era lo suficientemente grave como para no pensar en chiquiteces. Pero la guerra entre Rusia y Ucrania y sus consecuentes consecuencias en el ámbito energético y alimentario internacional derivaron expuso las contradicciones a la luz siempre interesada de los medios hegemónicos.

Ni la llegada de una vocera presidencial como Gabriela Cerutti ni el intento de consensuar en Silvina Batakis un rumbo económico fueron suficientes para disimular la heterogeneidad de criterios.

Massa esperó su oportunidad con la paciencia de un veterano. Y pudo imponer condiciones. Y hoy es el principal referente de la política argentina. Una especie de Napoleón ingresando en París tras el destierro.

Las primeras medidas no difieren, conceptualmente, de las que anunció su predecesora. Señales a los mercados, a los agroexportadores, algún gesto adicional para jubilados y empleados del ámbito privado.

Para los estatales y los integrantes de la enorme masa de trabajadores precarios, solo anuncios de nuevos recortes para “poner orden”, una palabra que no suele sonar melódica en el oído de estos últimos. Ya lo planteó Juan Grabois. Si ninguna medida apunta a recuperar lo perdido por bastos sectores de la población a los que él representa, no tiene mucho sentido sentirse incluido en un Frente de Todos que no incluye, precisamente, a esos todos.

Lo demás, lo de siempre con algunas curiosidades que no pueden dejar de señalarse como buenas señalas. Aunque gentilmente se las haya invitado a reconocer los “sus errores”, mencionar a las 700 firmas que intentaron estafar al Estado con sus importaciones no deja de ser un avance. En los discursos oficiales suele nombrarse explícitamente a los ladrones de gallinas, nunca a los delincuentes de guante blanco.

La otra: un aplauso para los funcionarios que no funcionan. El río Paraná seguirá por ahora en manos del Estado. Como se vencieron los plazos para llamar a una nueva licitación sin que estuvieran listos ni siquiera los pliegos, el gobierno dispuso ampliar -esta vez sin fecha de vencimiento- su accionar de control sobre la mal llamada hidrovía.

Una mala noticia para contrabandistas, agro evasores y las empresas asociadas con ellos. Lo demás, será cuestión de tiempo. Mientras, vivamos la experiencia de un cuasi presidente al que nadie eligió como tal para aplicar un programa que se parece, en principio, demasiado al que votaron justamente los que no votaron la fórmula de los dos Fernández.